18 dic. 2012

Matar a Carrero (II)

En la anterior entrada dije que para elaborar la versión que refleja nuestro guión partimos de algunos hechos probados. Son los siguientes:

Según diversas fuentes, "Argala" tuvo un brevísimo encuentro con un desconocido en la cafetería del ya desaparecido Hotel Mindanao de Madrid. No intercambiaron palabra, pero aquel individuo elegantemente vestido, que ha pasado a la historia como "el hombre de la gabardina blanca", le dio al etarra una nota en la que se informaba de los movimientos de Carrero.



A los pocos días, los dos etarras acudieron a la iglesia y comprobaron personalmente que la información proporcionada por el hombre del Hotel Mindanao era correcta. 

Así empezó todo.



Un personaje central de nuestra historia es el comisario José Sainz (Sánchez en la película), quien al frente de la Jefatura Superior de Policía de Bilbao es el único que acierta a comprender la magnitud de la amenaza que supone ETA, una organización que el gobierno consideraba a principios de los setenta un problema exclusivamente local. Interpretado por Pedro Casablanc, "Pepe el secreta", como irónicamente lo llaman en Madrid, nos sirve de portavoz de la hipótesis que desplegamos en el guión.



Una de las simplificaciones que nos vimos obligados a hacer para poder contar en 150 minutos una historia tan compleja fue concentrar en la entonces llamada Policía Armada todo lo que en realidad implicó a otros cuerpos de seguridad del Estado, como la Guardia Civil o el SECED (servicio de inteligencia). Los personajes verbalizan en varias ocasiones la falta de coordinación entre estos organismos, pero en aras de una mejor comprensión de lo sucedido tuvimos que adjudicar a la Policía acciones que en realidad no llevaron a cabo sus agentes.



Pero continuemos con los hechos. Uno de los más comprometedores, si no el que más, es la evidencia de que las autoridades franquistas pudieron evitar el atentado y no lo hicieron. La Guardia Civil (la Policía en la película) supo de la presencia de etarras en la capital de España. Así lo recogen informes de la época que circularon por los despachos oficiales. Más grave aún, un equipo de la Guardia Civil vigiló al comando Txikia y estuvo a punto de entrar en uno de sus pisos francos para registrarlo. De haberlo hecho habrían hallado multitud de pruebas de la preparación del asesinato. El reportaje de Antena 3 de Estévez y Mármol incluía el testimonio del guardia civil al frente del operativo; justo en el momento en que iban a entrar en el piso recibieron orden por radio de abortar la misión. ¿Quién dio esa orden? El guardia civil sólo pudo confirmar que la llamada venía "de arriba". También recibieron instrucciones de abandonar la vigilancia del comando.



Por otro lado, la dinamita que ETA colocó en el túnel y en el Austin Morris aparcado en segunda fila en Claudio Coello procedía de un polvorín de Hernani que la organización había asaltado meses antes.



Pues bien, los más de veinte kilos que el comando dejó en el maletero del Austin Morris nunca llegaron a hacer explosión. La policía sólo supo de la existencia de esta dinamita tras la rueda de prensa que ETA dio en Francia después del atentado.



La dinamita del Austin Morris tendría que haber hecho explosión por simpatía. El coche fue uno de los que acabó en el socavón que se produjo en Claudio Coello. El Dodge saltó por los aires justo cuando pasaba a su lado, a escasos centímetros.



Cuando, alertada por el comunicado de ETA, la policía recuperó el Austin Morris del desguace, encontró los veinticinco kilos de dinamita intactos. La única explicación posible es que los cartuchos estuvieran en mal estado, probablemente por haber sido almacenados en malas condiciones. Pero -como dice "Pepe el Secreta" en la película- si toda la dinamita provenía del mismo sitio, ¿no debería haber fallado también la que colocaron en el túnel?




Otro dato objetivo: el diario "Informaciones" publicó al día siguiente del atentado, citando fuentes policiales, que la explosión de Claudio Coello la habían provocado unas "minas antitanque". Éste es un detalle del que, al menos que nosotros sepamos, nunca se volvió a hablar en los medios. 





Por otro lado, "El Mundo" publicó en 2003 una entrevista en la que alguien que respondía al nombre en clave de "Leónidas" confesaba haber participado en el atentado que acabó con la vida de Argala y explicaba los detalles de la operación. Entre los datos que aporta este individuo destacan la colaboración de varios mercenarios de organizaciones ultraderechistas internacionales, entre ellos un conocido ex agente de la OAS, Jean Pierre Cherid, y el reconocimento de que el explosivo que utilizaron para volar el R-5 salió de una base americana en territorio español.




Hasta aquí, como decíamos, los hechos objetivos. Ahora explicaré cómo elaboramos con ellos nuestra versión del atentado.

En "Carrero: las razones ocultas de un asesinato", Estévez y Mármol recogen el testimonio de un agente especial de la Guardia Civil al que llaman Tormes que fue expulsado del servicio tras ser acusado de apropiarse de fondos reservados. Tormes había sido enviado al sur de Francia para recabar información que pudiera servir para liberar a Huarte, el empresario secuestrado por ETA. Formando equipo con Tormes en Francia estaba un ex coronel de la OAS, Serge Demaignan. Cuando se enteró de la voladura del Dodge de Carrero, Demaignan aseguró a Tormes que aquello tenía la firma de un compañero suyo de la OAS.



El guión, partiendo del testimonio de Demaignan y del de "Leónidas", inventa el personaje de un mercenario francés que, a través de "el hombre de la gabardina blanca", participa en las voladuras del Dodge primero y del R-5 después. 



Para quién trabaja "el hombre de la gabardina blanca" es algo que nunca queda claro en la película. Como dice "Pepe el Secreta", Carrero molestaba a muchos... Sin embargo, el hecho de que las minas antitanque que el francés coloca en el túnel de Claudio Coello procedan de una base americana (como el explosivo que mató a Argala según "Leónidas") parece sugerir la participación de una famosa agencia de inteligencia extranjera. En uno de los textos con que se cierra la película, nos hacemos eco de la opinión del juez especial asignado al caso, Luis de la Torre Arredondo, que aseguró que "la CIA sabía que se iba a cometer el atentado".



El motivo principal por el que incluimos en el guión todo lo relativo a las minas es la mención a las mismas en un periódico el día siguiente al atentado. Uno tiene la impresión de que es una información muy precisa cuya fuente es necesariamente los artificieros de la policía. En mi opinión, eso confiere al detalle una veracidad especial. En muchos sitios se ha hablado de la existencia de un informe de los servicios secretos franceses que denunciaba la desaparición poco antes del atentado de unas sofisticadas minas que se encontraban en Torrejón. Se supone que ese informe habría llegado al fiscal del Supremo, Fernando Herrero Tejedor. Esto, sin embargo, nunca pudo ser confirmado, entre otras cosas porque Herrero Tejedor murió en accidente de coche poco después.

Por último, el "Informe Semanal" del 25º aniversario del magnicidio recogió por primera vez un testimonio valiosísimo sobre lo ocurrido inmediatamente después del atentado. José María Álvarez de Sotomayor, ministro consejero de la Embajada española en París, contó lo que también relató a la prensa: "Le juro que, en diciembre de 1973, yo mandé desde París un telegrama al Ministerio de Asuntos Exteriores de España informando de que la policía francesa estaba dispuesta a entregar a los asesinos de Carrero blanco, y que no obtuve respuesta." El embajador que hizo caso omiso al ofrecimiento de la policía francesa era Pedro Cortina, que en el nuevo gobierno de Arias Navarro obtuvo la cartera de Exteriores. Arias Navarro, el sucesor de Carrero, era el Ministro de Gobernación en el momento del atentado, es decir, el responsable último de su seguridad.




Todos estos datos son los que nos permiten abordar desde la ficción una versión en la que, sin señalar directamente culpables (porque eso es cosa de jueces e historiadores), apuntamos las posibles ramificaciones del caso. En mi opinión personal está probado que hubo algo más que negligencia por parte de las autoridades y resulta inverosímil que la embajada americana no detectara lo que estaba pasando a escasos cien metros de su sede.

Pero, repito, nosotros no somos historiadores, ni siquiera periodistas, nosotros escribimos ficción. Quizá algún día se sepa lo que ocurrió realmente. Probablemente nuestra hipótesis (la de Pepe "el Secreta") sea -como él mismo afirma- "disparatada, pero más disparatada si cabe es la versión oficial". Nuestra intención era que fuera plausible e interesante. Si después de ver "El asesinato de Carrero Blanco" algún espectador se anima a leer los libros y a ver los reportajes que nos sirvieron de inspiración, tal vez alguien se decida a volver a hurgar en ese período de nuestra historia reciente.



(En una tercera entrada hablaré de algunos aspectos técnicos del rodaje)


3 dic. 2012

Matar a Carrero (I)

Yo tenía seis años cuando asesinaron a Carrero, así que no guardo recuerdos personales del atentado. Sin embargo, tengo grabada en la memoria la imagen del coche (un Dodge 3700 GT, no un Dart, como erróneamente se dice a menudo) volando por los aires. La culpa es de Emilio Ruiz del Río, el genio de los efectos especiales que reprodujo el atentado para "Operación Ogro" (1979), la película de Gillo Pontecorvo.





En el 25º aniversario del magnicidio, en febrero de 1998, Antena 3 emitió de madrugada un reportaje titulado "Carrero: un caso cerrado" que revelaba aspectos del atentado que al menos yo desconocía por completo. Sus responsables, Carlos Estévez y Francisco Mármol, publicaron también un libro, "Carrero. Las razones ocultas de un asesinato", en el que abundaban en su tesis: detrás de la llamada operación Ogro no estaba sólo ETA. Ese mismo año, Informe Semanal dedicaba también uno de sus reportajes al asesinato.

Una década más tarde presenté a TVE un proyecto de miniserie de dos capítulos titulado "Matar a Carrero" (que durante el desarrollo pasó a llamarse "El asesinato de Carrero Blanco"). Además del libro de Estévez y Mármol, las fuentes de información más importantes que manejamos Mercedes Cruz y yo para escribir el guión fueron "Golpe mortal" -el magnífico trabajo periodístico que Ismael Fuente, Joaquín Prieto y Javier García coordinaron al frente del Equipo de Investigación de El País-, la biografía del almirante que escribió Javier Tusell y el impagable "El día en que mataron a Carrero Blanco" de Rafael Borrás Betriú, un tesoro documental de todo lo publicado en la prensa los días posteriores al atentado. Leímos también libros sobre la historia de ETA, la biografía de Argala escrita por Iker Casanova y Paul Asensio, y, por supuesto, "Operación Ogro", de Eva Forest (alias, Julen Agirre).


Ilustración del documento que presentamos a TVE (de clara inspiración
warholiana) y que usamos luego para la portada de los guiones.

Escribir una ficción a partir de hechos reales es siempre delicado. La dramatización supone necesariamente simplificar, adaptar y en ocasiones inventar personajes y situaciones que permitan contar la historia dentro de los límites impuestos por la narración. La responsabilidad de quien recrea hechos históricos es la de ofrecer un relato coherente y plausible. En este caso concreto, nosotros nos propusimos ofrecer una versión de lo sucedido que explicara, o al menos intentara explicar, las muchas incógnitas que rodean el asesinato de Carrero.

El resultado, "El asesinato de Carrero Blanco", es una miniserie de dos capítulos dirigida por Miguel Bardem e interpretada en sus principales papeles por Unax Ugalde, José Ángel Egido, Pedro Casablanc, Enrique Villén, Anartz Zuazua, Luis Bermejo y Chiqui Fernández (al frente de un larguísimo y extraordinario reparto).

En el guión cambiamos los nombres de la mayoría de los personajes reales, salvo el de Carrero y los de sus ministros. El motivo fundamental es que, como he dicho antes, la ficción obliga a tomarse algunas libertades que no siempre se corresponden exactamente con la biografía del retratado. Por poner un ejemplo, durante los casi dos años de preparación de lo que primero iba a ser un secuestro pero terminó en asesinato, pasaron por Madrid más de treinta etarras, número que nosotros reducimos a media docena. De este modo, actitudes y acciones atribuidas a diferentes personas reales se concentran en nuestra historia en un número menor de personajes. José Miguel Beñarán, alias "Argala", se convierte así en "Arriaga" (el mismo nombre que tenía en "Operación Ogro" de Pontecorvo), un personaje que aunque incorpora algunos rasgos del etarra (los puritos que solía fumar, que no supiera hablar euskera...) no pretende ser el reflejo exacto de su personalidad.




En este conjunto de imágenes de Argala/Arriaga/Ugalde (arriba) y de Carrero/Egido (abajo) puede apreciarse el gran trabajo de caracterización que llevó a cabo el equipo de maquillaje y peluquería (Miguel Sesé). En el caso del almirante, el esfuerzo por reproducir con la mayor exactitud posible el físico de la figura histórica es evidente, mientras que con Arriaga la vocación es la de ofrecer un parecido razonable acorde con la diferente aproximación desde el guión a ambos personajes.






En la medida de lo posible, sin embargo, mantuvimos la máxima fidelidad a detalles que pueden pasar desapercibidos al espectador pero que confieren verdad a la historia. Por ejemplo, en las dependencias de Presidencia del Gobierno de la época estaban colgados los retratos de Prim, Cánovas, Canalejas y Dato, todos ellos jefes de gobierno antes que Carrero y todos ellos también asesinados. Esa siniestra premonición está presente en la primera secuencia en el despacho del almirante.


José Luis Torrijo (Santonja, jefe del SECED) contemplando los retratos de Cánovas del Castillo y Eduardo Dato.

Los actores elegidos para interpretar a los etarras son vascos y sus edades se corresponden con las de los integrantes del comando "Txikia"; ninguno había cumplido en aquel entonces los treinta años. Asimismo, las secuencias entre personajes que hablan euskera o francés son en esos idiomas y siempre que pudimos hacerlo rodamos en las localizaciones originales, como la iglesia de San Francisco de Borja en la calle Serrano de Madrid.


José Ángel Egido (Carrero) y Unax Ugalde (Arriaga) en el interior de San Francisco de Borja.
Anartz Zuazua (Goyen) y Unax Ugalde (Arriaga) en el puerto de Ciboure/Ziburu.

Obviamente reprodujimos con la mayor fidelidad posible elementos tan reconocibles como el Dodge destrozado por la explosión, pero también otros prácticamente desconocidos, como por ejemplo el vestido que la mujer de Carrero Blanco llevó a la boda de Carmen Martínez-Bordiú.


Carrero y su mujer, Carmen Pichot, volviendo de la boda de la nieta de Franco. El departamento de vestuario (Elena de Lorenzo) confeccionó tanto el uniforme de gala de Carrero como el conjunto de su esposa.
Foto de la revista "Hola"


En lo que se refiere a nuestra versión de lo ocurrido, la hipótesis que plantea "El asesinato de Carrero Blanco" se sustenta en una serie de hechos probados que cuando menos contradicen lo que podríamos llamar la versión oficial del atentado. (Para evitar spoilers, lo explicaré en otra entrada después de la emisión en TVE de los dos capítulos de la miniserie)