8 dic. 2011

Sandokán

"En la noche del 20 de diciembre de 1849, un violentísimo huracán azotaba Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, guarida de piratas formidables, situada en el mar de la Malasia, a pocos centenares de millas de las costas occidentales de Borneo."

Así arranca "Los tigres de Mompracem", la primera de las historias de Sandokán. Como su contemporáneo Burroughs, Emilio Salgari escribió mucho y cultivó el género de aventuras, el del oeste y la ciencia ficción. Pero siempre será recordado por ser el padre del Tigre de la Malasia, de su fiel amigo Yáñez, de su amada Perla de Labuán...

La lectura de los libros de Sandokán en la Editorial Gahe, también heredados (como los de Tarzán) de mis hermanos mayores, marcó mi infancia. Las ilustraciones de las portadas, firmadas por S. Arana, me producían el mismo "arrebato" del que Pedro P. hablaba en la película de Zulueta a propósito del libro de cromos de "Las minas del Rey Salomón":

"¿Cuánto tiempo te podrías pasar mirando este cromo?... ¿Y éste?... ¿Te acuerdas?... ¿Y éste otro?... ¿Y esta orla?... Años... Siglos... Toda una mañana... Imposible saberlo... Estabas en plena fuga... Éxtasis... Colgado en plena pausa... ¡Arrebatado!"






Salgari no salió nunca de Italia. En sus memorias se inventó un pasado de marino que sus biógrafos consideran muy probablemente apócrifo. Sin embargo, leyendo sus detalladas descripciones, la maravillosa recreación de ambientes y personajes, cuesta creer que todo aquello naciera exclusivamente de sus visitas a la biblioteca y de su imaginación.

Cuentan que un joven aspirante a escritor le pidió a Jorge Luis Borges una carta de recomendación para obtener una beca y marcharse una temporada a California, el lugar en el que se desarrollaba la historia en la que estaba trabajando. Borges, airado, le contestó que si no era capaz de inventarse California no sería nunca un escritor. Salgari habría pasado sin duda el examen del argentino.

A pesar del gran éxito de sus libros, Salgari padeció estrecheces económicas. Sufría, además, de depresión, y su mujer acabó internada en un psiquiátrico. Tras un intento fallido de suicidio en 1909, el gran escritor veronés se hizo el harakiri según el ritual japonés el 25 de abril de 1911. Esto es lo que les dejó escrito a sus editores:

A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma.

Esa pluma con la que inventó Mompracem y al inmortal Tigre de la Malasia... o quizá no...

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