27 dic. 2011

Alegres, inocentes e insensibles

"Why can't you fly now, mother?"
"Because I am grown up, dearest. When people grow up they forget the way."
"Why do they forget the way?"
"Because they are no longer gay and innocent and heartless. It is only the gay and innocent and heartless who can fly."
(Peter Pan, de J.M. Barrie)


Barrie y su perro Porthos

Eso le dice Wendy a su hija Margaret, que cuando creces te olvidas de volar y que sólo los niños pueden hacerlo "mientras sean alegres, inocentes e insensibles". Así es en la versión española menos edulcorada que conozco de Peter Pan, en la que se opta por traducir "heartless" como "insensible", cuando sería más adecuado "cruel" o "despiadado". 

Alegría, inocencia y crueldad, efectivamente, definen la niñez. Sin embargo, la literatura y el cine se olvidan muy a menudo del tercer atributo, la crueldad, en sus representaciones de la infancia. Son los escritores y cineastas británicos quienes mejor han comprendido que el cóctel requiere de ese ingrediente imprescindible. Desde Lewis Carroll y Barrie hasta William Golding y Roald Dahl en literatura, pasando por Alexander Mackendrick (que aunque nacido en Boston podemos considerar escocés a todos los efectos) y Jack Clayton en el cine, la perversa Albión ha generado una rica tradición de historias protagonizadas por inolvidables, alegres, inocentes y crueles criaturas. Mis películas favoritas del "género" son:


"The Innocents" (1961) dirigida por Jack Clayton (en España se tituló "Suspense"). El guión es una adaptación de la versión teatral que William Archibald hizo de la novela corta de Henry James "Otra vuelta de tuerca" y cuenta con "diálogos adicionales" de Truman Capote.



En esta obra maestra del terror gótico, los dos niños angelicales que atormentan con su inocencia a Deborah Kerr son Flora y Miles, interpretados por Pamela Franklin y Martin Stephens.

Flora y su hermano Miles

A la inquietante actriz que hace el papel de Flora la volveremos a encontrar en otra película de la lista, también a las órdenes de Clayton. Su no menos inquietante "hermano" había protagonizado el año anterior otro clásico del cine de terror, "El pueblo de los malditos", todo un catálogo de crueldad infantil (y rubia).




Como decíamos, Pamela Franklin repetiría con Clayton en "Our Mother's House" (1967). Esta película, que en España se tituló "A las nueve, cada noche", la vi en televisión de pequeño y me provocó pesadillas durante años. No conseguí volver a verla hasta hace poco en el canal TCM (que yo sepa no existe edición en DVD). Pues bien, es aún más terrorífica y siniestra de como yo la recordaba. Una Franklin ya adolescente interpreta a Diana, la mayor de siete huérfanos que guardan un secreto que, como decía el cartel de la película, no pueden revelar porque entonces irían al Infierno. Angelitos.




Dejaré que la siguiente película de la lista la presente John Sayles:




Dice Sayles que "Viento en las velas", que es como se tradujo el título en España, es una curiosa mezcla de "Peter Pan" y "El señor de las moscas" (de la que Peter Brook hizo una notable adaptación cinematográfica).

La película de Mackendrick está basada en la novela homónima de Richard Hughes. Anthony Quinn es un pirata llamado Chávez, la víctima de un grupo de niños que viaja de Jamaica a Inglaterra en un barco que Quinn tiene la mala suerte de abordar. Uno de esos niños está interpretado por el luego famoso escritor Martin Amis.

En una de mis secuencias favoritas, los niños juegan en la cubierta con la cabeza del mascarón de proa, sembrando el pánico entre los supersticiosos piratas.

Por último, una película que no es británica sino americana, y quizá por ello más alegre e inocente que cruel. Se trata de "Little Fugitive" (1953), una joya codirigida por los fotógrafos Morris Engel y Ruth Orkin con la ayuda del guionista Ray Ashley (su verdadero nombre era Raymond Abrashkin). 




Interpretada por Richie Andrusco, "Little Fugitive" cuenta la historia de un niño que se pierde en Coney Island huyendo de una broma macabra que le hace su hermano mayor. Se rodó con una cámara portátil especialmente fabricada por Engel que les permitió rodar en medio de la multitud pasando desapercibidos.



François Truffaut reconocería "Little Fugitive" como una de las grandes influencias de la Nouvelle Vague en general y de sus "400 Golpes" en particular.

El pequeño Richie Andrusco no volvió a actuar en ninguna película. La carrera de Pamela Franklin se prolongó hasta los años ochenta y Martin Stephens dejó la interpretación para dedicarse a la arquitectura. 

Crecieron y dejaron de volar, porque todos los niños crecen, menos uno. 

Sólo Peter Pan, alegre e inocente y cruel para siempre ("to die will be an awfully big adventure"), puede volar eternamente.

21 dic. 2011

Iván Zulueta

(NOTA: Esta entrada es una fusión de las cuatro que colgué en mayo de 2011 -y que ahora he suprimido-. En su momento las publiqué "por entregas" sólo porque las fui escribiendo así, por partes. La verdad es que eso sólo dificultaba la lectura del conjunto. Algunas de las imágenes aparecen ahora más grandes. También he añadido un par de párrafos al final a modo de epílogo. Lamentablemente, al convertir las cuatro entradas en una he perdido el comentario que M hizo el 28 de mayo y que copio a continuación:

No recuerdo aquella "mirada displicente", Nacho, pero ¿quién no las prodiga a los 20 años sobre los mocosos de 15? Del sms sí, claro. ¿Por qué serán tan inquietantes los círculos?
M


Aprovecho para agradecerle a M aquella mirada displicente que por otra parte prodigaba pocas veces. En aquel momento sirvió para despertar mi curiosidad)


Vi por primera vez "Arrebato" con quince años. En realidad no la vi entera. Me salí cuando apenas llevaba media hora de metraje. La ponían en el cine Ideal, cuando aún era un cine de barrio, más concretamente un cine especializado en películas de terror que programaban de tres en tres.


No recuerdo cuáles eran las otras dos que pusieron esa tarde. Sólo sé que mis amigos y yo nos salimos de "la española". Normalmente el programa triple se componía de un reestreno americano más o menos reciente, una clásica (de la Hammer o de la Universal) y una nacional (casi siempre alguna de Jess Frank o de Paul Naschy). Pero "Arrebato" no se parecía a los divertidos exploitation patrios con los que sí que disfrutábamos. La protagonizaba un actor que habíamos visto en los Estudio 1 de TVE, transcurría en un Madrid contemporáneo y reconocible, y aunque salía una vampira nada más empezar, lo hacía en blanco y negro y en una secuencia que pertenecía a una película dentro de la película. No estábamos mis amigos y yo a los quince años para metalenguajes.


Cuando llegué a mi casa uno de mis hermanos mayores (cinco años más que yo) me preguntó qué había visto en el cine y cuando le dije que me había salido de una española que se llamaba "Arrebato", que me había parecido aburridísima, me miró con un punto de displicencia con el que me reprochó no haber sabido apreciar una obra maestra.

A los quince años, la opinión de un hermano mayor, ya adulto, pesa como una losa. Nuestro aprendizaje empieza como imitación, y un hermano mayor es el modelo más cercano que uno tiene. Así que su juicio me afectó profundamente y lamenté no poder enmendar mi error puesto que el Ideal cambiaba el programa semanalmente y ya no tendría oportunidad de ir a ver "Arrebato".

Tardé muchos años en poder verla completa. Entonces no había vídeos, las películas se veían sólo en cines. Y "Arrebato" no fue ningún éxito de público como para provocar reestrenos. Pero la pusieron en el cine Torre de Madrid, entonces sede de la Filmoteca Española, dentro de la programación cultural de una iniciativa municipal llamada "Semana de la Juventud". Debió ser a mediados de los 80.



Fui solo. Y nada más empezar la película caí hipnotizado por sus imágenes, algunas de las cuales habían permanecido indelebles en mi memoria (como la de los ojos luminosos de la muñeca de Pedro P.)

La fascinación aumentó a medida que avanzaba la película y veía todo aquello que me había perdido al salirme del cine Ideal. Y cuando llegó la última secuencia empecé a sentir una emoción intensa, física, acompañada de taquicardia. Algo que no me había ocurrido nunca en una sala de cine.



Muy probablemente, el halo que la película había adquirido para mí durante los años que pasaron desde el día que vi la primera media hora en el Ideal hasta aquella tarde en el Torre de Madrid contribuyó de alguna forma a provocarme esa reacción emocional. Iván Zulueta, en una entrevista que se puede ver en los extras del DVD que distribuyó El País en 2004, aconseja que se vea la película libre de cualquier clase de prejuicios, al margen de la leyenda que la acompaña, y permitiendo la posibilidad de que te produzca "piel de gallina". Yo no pude desembarazarme de mis prejuicios, en mi caso favorables, pero su visionado me produjo algo muchísimo más intenso y profundo, desde luego nada epidérmico.

Entonces me encontraba estudiando Imagen en la Facultad de CC. de la Información, soñaba con dedicarme al cine y veía toda clase de películas casi a diario en la Filmoteca. Mi vida giraba en torno a las películas. Para un joven como yo, "Arrebato" suponía la quintaesencia del amor al cine, en su vertiente posesiva. Si con quince no estaba para metalenguajes, con diecinueve o veinte mi predisposición a entregarme en cuerpo y alma a la "pausa" y al "arrebato" era total e incondicional.

En 1990, la Filmoteca, ya en su sede del cine Doré, programó una retrospectiva de la obra de Zulueta. Aproveché para ver todos sus trabajos, desde los cortos que rodó en las prácticas de la Escuela Oficial de Cine, pasando por "Leo es pardo", "Un, dos, tres al escondite inglés", hasta, de nuevo, "Arrebato". Después de uno de los pases se anunció un coloquio con Zulueta, al que por supuesto acudí. Muchos asistentes llevaban ejemplares del libro sobre el director que acababa de publicar el Festival de Cine de Alcalá de Henares y del que es autor Carlos F. Heredero, para que el protagonista se los firmara.


Yo lo que había llevado era el guión de un cortometraje, por supuesto lleno de influencias zuluetianas, que había escrito a mano en un cuaderno. Me puse a la cola de los que querían su autógrafo y le pedí permiso para entregarle el guión para que lo leyera. Fue muy amable y cogió el cuaderno sin extrañarse aparentemente de que aquello estuviera escrito a mano. Le dije que mi teléfono estaba anotado dentro y me largué antes de que la vergüenza me hiciera arrepentirme de haberle dado a leer aquello en aquellas condiciones.

Primera página del guión manuscrito en el cuaderno


Tardó varias semanas en llamarme. De hecho para entonces yo estaba convencido de que ni había leído mi guión, que probablemente lo había tirado a alguna papelera.

Así conocí a Zulueta. Durante algún tiempo lo vi muy a menudo, a veces a diario. Recuerdo la primera vez que fui a verlo a su mítico apartamento del Edificio España, que enseguida reconocí como el escenario de "Leo es pardo". Una de las paredes estaba forrada de espejo y otra se había convertido en un mural/collage hecho a partir de trozos de carteles que Iván arrancaba de las paredes en la calle. Los ojos de Michael Jackson (sacados del cartel que reproduzco a continuación) ocupaban el centro de la composición.



En mitad del salón había un circuito de micromachines, unos cochecitos minúsculos de juguete que no sé si siguen existiendo y que a Iván le gustaban mucho.




Por el suelo había revistas, alguna película de VHS, libros ilustrados... Tal como yo lo recuerdo, Iván era una mezcla increíble de José Sirgado y Pedro P., los dos personajes de "Arrebato". En mi opinión era completamente cierto lo que contestaba cuando le preguntaban por las coincidencias entre la película y su propia vida: "Es tan autobiográfica que no tiene nada que ver conmigo".

Iván tenía unos horarios particulares. Cuando tenía hambre bajaba al Vips de la plaza de los Cubos y se tomaba un plato combinado de huevos fritos con filete. Cuando tenía sueño dormía. Podía llamarte por teléfono a las dos de la mañana como si fueran las seis de la tarde. Eso sí, sus formas eran las de un gentleman inglés, herencia de su educación de familia bien del norte. Su sentido del humor también tenía algo de británico. Contaba las cosas muy bien, era muy expresivo y elegía con cuidado las palabras, era muy bueno con el lenguaje (un poco como Pedro P. cuando estaba en "pausa").
Cuando quedábamos en su casa, de vez en cuando me dejaba notas pegadas con celo en la puerta citándome en la pizzería que había en el Edificio España, o en el Vips. Ésta que reproduzco (la escribió con un rotulador fluorescente rosa que el escáner no recoge muy bien) me hace especial gracia porque el "Nacho F." casi me convierte en uno de sus personajes.




Siempre lo vi trabajando. Cuando no era en algún cartel, era haciendo polaroids en casa. El frigorífico de la cocina hacía años que no guardaba comida, y el congelador estaba lleno de escarcha. Parecía un planeta helado en miniatura. Iván colocaba dentro los micromachines, pequeños muñecos y creaba escenas delirantes que fusilaba con la polaroid. Cuando se le rompió la cámara (de tanto usarla), me pidió la mía (la misma con la que hice las fotos de "Quieto"). La tuvo durante meses y muchas de las polas que años más tarde se expusieron en Barcelona en el CCCB las hizo con mi cámara. Este cartel de la 1ª Semana de Cine Experimental de Madrid recuerdo que lo terminó estando yo con él en su casa.



Por aquel entonces le encargaron un capítulo de la serie de televisión "Crónicas del Mal". Le mandaron un guión titulado "Ritesti" y él dijo que sí sin haberlo leído. Tenía ganas de rodar (ganas no, era lo que más echaba en falta en el mundo) y se trataba de una serie que mezclaba el terror y el fantástico, géneros que le encantaban. Era una historia que transcurría en una noche, en una pastelería junto a una estación de tren, con dos protagonistas, un soldado que volvía de un permiso y la dueña de la pastelería. Iván me dio a leer el guión a ver si se me ocurría alguna idea para mejorarlo porque no acababa de convencerle cómo estaba resuelto. A Iván no le gustaba escribir. Le costaba mucho. Aunque lo hacía muy bien, como pude comprobar cuando leí "1984", esa película que tenía que haber seguido a "Arrebato" y que nunca llegó a hacerse realidad.

Me quedé toda la noche escribiendo una nueva versión del guión que convertía la historia en una de hombres lobo. Por la mañana se lo llevé a Iván y le gustó mucho, pero en la productora le dijeron que era demasiado tarde para aceptar cambios. Iván incorporó en montaje, sin embargo, algunas ideas de lo que yo escribí, por ejemplo la estructura circular que además adquirió gran importancia en algunos elementos del decorado que jugaban con círculos, como un banco en la estación de tren y la boca de un horno en la secuencia de inicio. A Iván le gustaban las historias circulares.

Gracias a él descubrí a Alan Moore, por ejemplo. Había un comic que había comprado en el Vips que le tenía fascinado, sobre todo su estructura (circular, claro), las transiciones entre viñetas... Se trataba de "The Killing Joke", Batman y Joker según Moore.




Yo no conocía el tebeo ni a Alan Moore. Iván tampoco sabía quién era, ni me habló de otros trabajos suyos; dudo que conociera su obra, o por lo menos a mí nunca me hablo de "V de Vendetta" ni de "Watchmen".

También hablábamos de cine, claro. A Iván le gustaban especialmente el género de terror y el musical, aunque su cinefagia era omnívora. Una película que no pertenecía a ninguno de estos dos géneros (aunque en su segmento final adquiere tintes góticos) pero que se encontraba entre sus favoritas (criterio que comparto) es "Black Narcissus" (1947), de Powell y Pressburger.




Una de las últimas veces que nos vimos fue cuando lo acompañé al estreno de "Acción Mutante" (1993), de Álex de la Iglesia. Al poco tiempo regresó a San Sebastián y que yo sepa ya no volvió a Madrid. Se recluyó en "Villa Aloha", la magnífica casa familiar.


Hablé con él por teléfono en una ocasión, años más tarde, porque quería hacerle llegar un ejemplar de mi primera novela. Charlamos un poco y me contó que estaba preparando una exposición de sus polaroids y que había algún posible proyecto de película a la vista.

En diciembre del 2009 me fui a Nueva York de vacaciones a pasar Nochevieja. Me acababa de comprar mi primera cámara de vídeo, una Sony HD con la que no paraba de grabarlo todo. Me di cuenta de que casi veinte años antes, en mi primer viaje a Estados Unidos, también acababa de estrenar mi polaroid y me había poseído una fiebre capturadora semejante. El día 30 de diciembre estaba en el Metropolitan grabando a los turistas mientras contemplaban esculturas de la antigua Roma, recreándome en el contraste entre los rostros vivos y expresivos de los niños enfrentados a las máscaras de mármol desgastadas de emperadores y dioses de la antigüedad. Entonces me llegó un mensaje al móvil: "Iván Zulueta ha muerto". Me lo mandaba uno de mis hermanos mayores, el mismo que treinta años antes me había hecho sentir fatal por haberme salido de ver "Arrebato" en el Ideal. En ese momento pensé lo que muchos conmigo, que era una pena que Iván se fuera sin haber rodado otra película. Un pensamiento egoísta, claro. La pena era que Iván no siguiera entre nosotros, dibujando, viendo peliculas, lo que fuera. Cogí mi cámara de vídeo y grabé el sms de mi hermano en la pantalla del móvil. Iván empezó a convertirse en "Zulueta" cuando estuvo estudiando en Nueva York en los sesenta. Y yo me enteraba de su muerte en Nueva York a través de mi hermano, que me había descubierto a "Zulueta". Creo que a Iván le habría gustado ese plano final. Le gustaban las historias circulares.

Hace unos meses fui a San Sebastián por motivos de trabajo. Aproveché para dar un paseo y me propuse buscar la casa familiar de Iván, Villa Aloha. No había estado nunca ni tenía la dirección exacta. Sólo sabía, por las fotos y documentales que había visto, que debía estar cerca de la playa de Ondarreta y que tenía una fachada completamente cubierta de hiedra.

La encontré fácilmente después de subir unas cuantas cuestas y saqué un par de fotos con el móvil.




En la puerta de entrada descubrí un rótulo con el nombre de la casa, tapado por las ramas de un árbol. Presumo que lo pintaría Iván, porque se trata de una tipografía que se encuentra a menudo en sus carteles.



Leo en Wikipedia que "Aloha" significa, en el lenguaje de Hawaii, "afecto, amor, paz, compasión".

"In Hawaiʻi someone can be said to have or show aloha in the way they treat others; whether family, friend, neighbor or stranger."

En ese sentido, sin duda Iván tenía "aloha".

16 dic. 2011

Christopher Hitchens

The New York Times, el periódico más influyente del mundo según dicen, paró sus rotativas para cambiar la primera página de su ejemplar de hoy e incluir en ella el obituario de Christopher Hitchens.


A partir de ahora, parafraseando el título de uno de sus libros, tendremos que estar "preparados para lo peor". Como ha dicho su gran amigo Salman Rushdie, hoy se ha callado una gran voz y se ha parado un gran corazón. Los que esperábamos impacientes cada nuevo artículo, libro o aparición de Hitchens tendremos que conformarnos con releerlo. Afortunadamente, tuvo tiempo de publicar sus magníficas memorias, "Hitch-22", durante cuya promoción le diagnosticaron el cáncer que le ha causado la muerte. Tenía sólo 62 años.

A propósito de la fatwa dictada por Jomeini contra Rushdie, Hitchens afirmó que aquello supuso para él un combate entre lo que más odiaba en el mundo contra lo que más quería en el mundo. En la columna de sus odios: la dictadura, la religión, la estupidez, la demagogia, la censura, el matonismo y la intimidación. En la de sus amores: la literatura, la ironía, el humor, el individuo y la defensa de la libertad de expresión.

Siempre luchó contra lo que odiaba y defendió lo que amaba, y lo hizo con brillantez y erudición. Pero sobre todo fue implacable, sin importarle quién se pusiera en el objetivo, ya fuera un premio Nobel de la Paz, una santa o el mismísimo Dios.


Lo normal en estos casos sería terminar con el consabido "descanse en paz", pero como dice el periodista Jeff Jarvis, eso, en el caso de Hitchens, sería pedir un imposible.


Su hermano Peter, con el que mantenía una relación complicada, ha escrito este maravilloso elogio en su blog. Sus palabras se convierten sin duda en el mejor homenaje posible a uno de los intelectuales más importantes de nuestra época.

8 dic. 2011

Sandokán

"En la noche del 20 de diciembre de 1849, un violentísimo huracán azotaba Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, guarida de piratas formidables, situada en el mar de la Malasia, a pocos centenares de millas de las costas occidentales de Borneo."

Así arranca "Los tigres de Mompracem", la primera de las historias de Sandokán. Como su contemporáneo Burroughs, Emilio Salgari escribió mucho y cultivó el género de aventuras, el del oeste y la ciencia ficción. Pero siempre será recordado por ser el padre del Tigre de la Malasia, de su fiel amigo Yáñez, de su amada Perla de Labuán...

La lectura de los libros de Sandokán en la Editorial Gahe, también heredados (como los de Tarzán) de mis hermanos mayores, marcó mi infancia. Las ilustraciones de las portadas, firmadas por S. Arana, me producían el mismo "arrebato" del que Pedro P. hablaba en la película de Zulueta a propósito del libro de cromos de "Las minas del Rey Salomón":

"¿Cuánto tiempo te podrías pasar mirando este cromo?... ¿Y éste?... ¿Te acuerdas?... ¿Y éste otro?... ¿Y esta orla?... Años... Siglos... Toda una mañana... Imposible saberlo... Estabas en plena fuga... Éxtasis... Colgado en plena pausa... ¡Arrebatado!"






Salgari no salió nunca de Italia. En sus memorias se inventó un pasado de marino que sus biógrafos consideran muy probablemente apócrifo. Sin embargo, leyendo sus detalladas descripciones, la maravillosa recreación de ambientes y personajes, cuesta creer que todo aquello naciera exclusivamente de sus visitas a la biblioteca y de su imaginación.

Cuentan que un joven aspirante a escritor le pidió a Jorge Luis Borges una carta de recomendación para obtener una beca y marcharse una temporada a California, el lugar en el que se desarrollaba la historia en la que estaba trabajando. Borges, airado, le contestó que si no era capaz de inventarse California no sería nunca un escritor. Salgari habría pasado sin duda el examen del argentino.

A pesar del gran éxito de sus libros, Salgari padeció estrecheces económicas. Sufría, además, de depresión, y su mujer acabó internada en un psiquiátrico. Tras un intento fallido de suicidio en 1909, el gran escritor veronés se hizo el harakiri según el ritual japonés el 25 de abril de 1911. Esto es lo que les dejó escrito a sus editores:

A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma.

Esa pluma con la que inventó Mompracem y al inmortal Tigre de la Malasia... o quizá no...

2 dic. 2011

Tarzán

"Me refirió esta historia una persona que no tenía necesidad de referirla, ni a mí ni a nadie. El principio de ella puede tal vez achacarse a la seductora influencia que ejercía sobre el narrador el zumo de una antigua vendimia; y el resto del extraño relato es acaso imputable a mi propia incredulidad y escepticismo durante los días que siguieron."

Así comienza "Tarzán de los monos", la primera de las novelas dedicadas al personaje creado por Edgar Rice Burroughs, escritor increíblemente prolífico a pesar de haber empezado relativamente tarde su carrera literaria, cumplidos los treinta y seis años. Publicó historias de ciencia ficción, del oeste y la famosa serie de Tarzán (aquí puede consultarse una bibliografía muy completa). Antes había sido, entre otras cosas, soldado del Séptimo de Caballería, vaquero en un rancho y vendedor de sacapuntas.

Conservo como un tesoro los libros de Tarzán que mis padres compraron para mis dos hermanos mayores cuando estos aún no sabían leer. El primer volumen tiene los nombres de ambos escritos por mi madre y está fechado en 1963. Mis hermanos tenían, por tanto, dos y tres años de edad en aquel entonces. Es muy probable que fueran los primeros libros adquiridos para la biblioteca "infantil" familiar. Yo nací cuatro años más tarde, y recuerdo haber visto siempre esos libros en la habitación que los tres compartíamos. Mucho antes de poder leerlos me gustaba mirar las fotos que ilustraban las portadas. En ellas aparecían los tarzanes del cine; por supuesto Johnny Weissmuller, pero también Lex Barker y otros que no he conseguido identificar.






Los libros eran unas ediciones baratas de Gustavo Gili con tapa blanda que sobrevivieron mal el paso del tiempo. Por eso hace unos años los encuaderné y ahora lucen en mi biblioteca como lo que son, auténticas joyas de la literatura. 

Quizá no figuren en los cánones académicos, pero los escritores como Burroughs siempre contarán con el reconocimiento de los millones de lectores que viajaron con ellos por primera vez a lugares exóticos en los que vivieron aventuras increíbles. Historias que, como dice el propio escritor de la de Tarzán, "si no la consideráis digna de crédito, por lo menos estaréis conforme conmigo en que es única, notable e interesante en extremo."