21 dic. 2011

Iván Zulueta

(NOTA: Esta entrada es una fusión de las cuatro que colgué en mayo de 2011 -y que ahora he suprimido-. En su momento las publiqué "por entregas" sólo porque las fui escribiendo así, por partes. La verdad es que eso sólo dificultaba la lectura del conjunto. Algunas de las imágenes aparecen ahora más grandes. También he añadido un par de párrafos al final a modo de epílogo. Lamentablemente, al convertir las cuatro entradas en una he perdido el comentario que M hizo el 28 de mayo y que copio a continuación:

No recuerdo aquella "mirada displicente", Nacho, pero ¿quién no las prodiga a los 20 años sobre los mocosos de 15? Del sms sí, claro. ¿Por qué serán tan inquietantes los círculos?
M


Aprovecho para agradecerle a M aquella mirada displicente que por otra parte prodigaba pocas veces. En aquel momento sirvió para despertar mi curiosidad)


Vi por primera vez "Arrebato" con quince años. En realidad no la vi entera. Me salí cuando apenas llevaba media hora de metraje. La ponían en el cine Ideal, cuando aún era un cine de barrio, más concretamente un cine especializado en películas de terror que programaban de tres en tres.


No recuerdo cuáles eran las otras dos que pusieron esa tarde. Sólo sé que mis amigos y yo nos salimos de "la española". Normalmente el programa triple se componía de un reestreno americano más o menos reciente, una clásica (de la Hammer o de la Universal) y una nacional (casi siempre alguna de Jess Frank o de Paul Naschy). Pero "Arrebato" no se parecía a los divertidos exploitation patrios con los que sí que disfrutábamos. La protagonizaba un actor que habíamos visto en los Estudio 1 de TVE, transcurría en un Madrid contemporáneo y reconocible, y aunque salía una vampira nada más empezar, lo hacía en blanco y negro y en una secuencia que pertenecía a una película dentro de la película. No estábamos mis amigos y yo a los quince años para metalenguajes.


Cuando llegué a mi casa uno de mis hermanos mayores (cinco años más que yo) me preguntó qué había visto en el cine y cuando le dije que me había salido de una española que se llamaba "Arrebato", que me había parecido aburridísima, me miró con un punto de displicencia con el que me reprochó no haber sabido apreciar una obra maestra.

A los quince años, la opinión de un hermano mayor, ya adulto, pesa como una losa. Nuestro aprendizaje empieza como imitación, y un hermano mayor es el modelo más cercano que uno tiene. Así que su juicio me afectó profundamente y lamenté no poder enmendar mi error puesto que el Ideal cambiaba el programa semanalmente y ya no tendría oportunidad de ir a ver "Arrebato".

Tardé muchos años en poder verla completa. Entonces no había vídeos, las películas se veían sólo en cines. Y "Arrebato" no fue ningún éxito de público como para provocar reestrenos. Pero la pusieron en el cine Torre de Madrid, entonces sede de la Filmoteca Española, dentro de la programación cultural de una iniciativa municipal llamada "Semana de la Juventud". Debió ser a mediados de los 80.



Fui solo. Y nada más empezar la película caí hipnotizado por sus imágenes, algunas de las cuales habían permanecido indelebles en mi memoria (como la de los ojos luminosos de la muñeca de Pedro P.)

La fascinación aumentó a medida que avanzaba la película y veía todo aquello que me había perdido al salirme del cine Ideal. Y cuando llegó la última secuencia empecé a sentir una emoción intensa, física, acompañada de taquicardia. Algo que no me había ocurrido nunca en una sala de cine.



Muy probablemente, el halo que la película había adquirido para mí durante los años que pasaron desde el día que vi la primera media hora en el Ideal hasta aquella tarde en el Torre de Madrid contribuyó de alguna forma a provocarme esa reacción emocional. Iván Zulueta, en una entrevista que se puede ver en los extras del DVD que distribuyó El País en 2004, aconseja que se vea la película libre de cualquier clase de prejuicios, al margen de la leyenda que la acompaña, y permitiendo la posibilidad de que te produzca "piel de gallina". Yo no pude desembarazarme de mis prejuicios, en mi caso favorables, pero su visionado me produjo algo muchísimo más intenso y profundo, desde luego nada epidérmico.

Entonces me encontraba estudiando Imagen en la Facultad de CC. de la Información, soñaba con dedicarme al cine y veía toda clase de películas casi a diario en la Filmoteca. Mi vida giraba en torno a las películas. Para un joven como yo, "Arrebato" suponía la quintaesencia del amor al cine, en su vertiente posesiva. Si con quince no estaba para metalenguajes, con diecinueve o veinte mi predisposición a entregarme en cuerpo y alma a la "pausa" y al "arrebato" era total e incondicional.

En 1990, la Filmoteca, ya en su sede del cine Doré, programó una retrospectiva de la obra de Zulueta. Aproveché para ver todos sus trabajos, desde los cortos que rodó en las prácticas de la Escuela Oficial de Cine, pasando por "Leo es pardo", "Un, dos, tres al escondite inglés", hasta, de nuevo, "Arrebato". Después de uno de los pases se anunció un coloquio con Zulueta, al que por supuesto acudí. Muchos asistentes llevaban ejemplares del libro sobre el director que acababa de publicar el Festival de Cine de Alcalá de Henares y del que es autor Carlos F. Heredero, para que el protagonista se los firmara.


Yo lo que había llevado era el guión de un cortometraje, por supuesto lleno de influencias zuluetianas, que había escrito a mano en un cuaderno. Me puse a la cola de los que querían su autógrafo y le pedí permiso para entregarle el guión para que lo leyera. Fue muy amable y cogió el cuaderno sin extrañarse aparentemente de que aquello estuviera escrito a mano. Le dije que mi teléfono estaba anotado dentro y me largué antes de que la vergüenza me hiciera arrepentirme de haberle dado a leer aquello en aquellas condiciones.

Primera página del guión manuscrito en el cuaderno


Tardó varias semanas en llamarme. De hecho para entonces yo estaba convencido de que ni había leído mi guión, que probablemente lo había tirado a alguna papelera.

Así conocí a Zulueta. Durante algún tiempo lo vi muy a menudo, a veces a diario. Recuerdo la primera vez que fui a verlo a su mítico apartamento del Edificio España, que enseguida reconocí como el escenario de "Leo es pardo". Una de las paredes estaba forrada de espejo y otra se había convertido en un mural/collage hecho a partir de trozos de carteles que Iván arrancaba de las paredes en la calle. Los ojos de Michael Jackson (sacados del cartel que reproduzco a continuación) ocupaban el centro de la composición.



En mitad del salón había un circuito de micromachines, unos cochecitos minúsculos de juguete que no sé si siguen existiendo y que a Iván le gustaban mucho.




Por el suelo había revistas, alguna película de VHS, libros ilustrados... Tal como yo lo recuerdo, Iván era una mezcla increíble de José Sirgado y Pedro P., los dos personajes de "Arrebato". En mi opinión era completamente cierto lo que contestaba cuando le preguntaban por las coincidencias entre la película y su propia vida: "Es tan autobiográfica que no tiene nada que ver conmigo".

Iván tenía unos horarios particulares. Cuando tenía hambre bajaba al Vips de la plaza de los Cubos y se tomaba un plato combinado de huevos fritos con filete. Cuando tenía sueño dormía. Podía llamarte por teléfono a las dos de la mañana como si fueran las seis de la tarde. Eso sí, sus formas eran las de un gentleman inglés, herencia de su educación de familia bien del norte. Su sentido del humor también tenía algo de británico. Contaba las cosas muy bien, era muy expresivo y elegía con cuidado las palabras, era muy bueno con el lenguaje (un poco como Pedro P. cuando estaba en "pausa").
Cuando quedábamos en su casa, de vez en cuando me dejaba notas pegadas con celo en la puerta citándome en la pizzería que había en el Edificio España, o en el Vips. Ésta que reproduzco (la escribió con un rotulador fluorescente rosa que el escáner no recoge muy bien) me hace especial gracia porque el "Nacho F." casi me convierte en uno de sus personajes.




Siempre lo vi trabajando. Cuando no era en algún cartel, era haciendo polaroids en casa. El frigorífico de la cocina hacía años que no guardaba comida, y el congelador estaba lleno de escarcha. Parecía un planeta helado en miniatura. Iván colocaba dentro los micromachines, pequeños muñecos y creaba escenas delirantes que fusilaba con la polaroid. Cuando se le rompió la cámara (de tanto usarla), me pidió la mía (la misma con la que hice las fotos de "Quieto"). La tuvo durante meses y muchas de las polas que años más tarde se expusieron en Barcelona en el CCCB las hizo con mi cámara. Este cartel de la 1ª Semana de Cine Experimental de Madrid recuerdo que lo terminó estando yo con él en su casa.



Por aquel entonces le encargaron un capítulo de la serie de televisión "Crónicas del Mal". Le mandaron un guión titulado "Ritesti" y él dijo que sí sin haberlo leído. Tenía ganas de rodar (ganas no, era lo que más echaba en falta en el mundo) y se trataba de una serie que mezclaba el terror y el fantástico, géneros que le encantaban. Era una historia que transcurría en una noche, en una pastelería junto a una estación de tren, con dos protagonistas, un soldado que volvía de un permiso y la dueña de la pastelería. Iván me dio a leer el guión a ver si se me ocurría alguna idea para mejorarlo porque no acababa de convencerle cómo estaba resuelto. A Iván no le gustaba escribir. Le costaba mucho. Aunque lo hacía muy bien, como pude comprobar cuando leí "1984", esa película que tenía que haber seguido a "Arrebato" y que nunca llegó a hacerse realidad.

Me quedé toda la noche escribiendo una nueva versión del guión que convertía la historia en una de hombres lobo. Por la mañana se lo llevé a Iván y le gustó mucho, pero en la productora le dijeron que era demasiado tarde para aceptar cambios. Iván incorporó en montaje, sin embargo, algunas ideas de lo que yo escribí, por ejemplo la estructura circular que además adquirió gran importancia en algunos elementos del decorado que jugaban con círculos, como un banco en la estación de tren y la boca de un horno en la secuencia de inicio. A Iván le gustaban las historias circulares.

Gracias a él descubrí a Alan Moore, por ejemplo. Había un comic que había comprado en el Vips que le tenía fascinado, sobre todo su estructura (circular, claro), las transiciones entre viñetas... Se trataba de "The Killing Joke", Batman y Joker según Moore.




Yo no conocía el tebeo ni a Alan Moore. Iván tampoco sabía quién era, ni me habló de otros trabajos suyos; dudo que conociera su obra, o por lo menos a mí nunca me hablo de "V de Vendetta" ni de "Watchmen".

También hablábamos de cine, claro. A Iván le gustaban especialmente el género de terror y el musical, aunque su cinefagia era omnívora. Una película que no pertenecía a ninguno de estos dos géneros (aunque en su segmento final adquiere tintes góticos) pero que se encontraba entre sus favoritas (criterio que comparto) es "Black Narcissus" (1947), de Powell y Pressburger.




Una de las últimas veces que nos vimos fue cuando lo acompañé al estreno de "Acción Mutante" (1993), de Álex de la Iglesia. Al poco tiempo regresó a San Sebastián y que yo sepa ya no volvió a Madrid. Se recluyó en "Villa Aloha", la magnífica casa familiar.


Hablé con él por teléfono en una ocasión, años más tarde, porque quería hacerle llegar un ejemplar de mi primera novela. Charlamos un poco y me contó que estaba preparando una exposición de sus polaroids y que había algún posible proyecto de película a la vista.

En diciembre del 2009 me fui a Nueva York de vacaciones a pasar Nochevieja. Me acababa de comprar mi primera cámara de vídeo, una Sony HD con la que no paraba de grabarlo todo. Me di cuenta de que casi veinte años antes, en mi primer viaje a Estados Unidos, también acababa de estrenar mi polaroid y me había poseído una fiebre capturadora semejante. El día 30 de diciembre estaba en el Metropolitan grabando a los turistas mientras contemplaban esculturas de la antigua Roma, recreándome en el contraste entre los rostros vivos y expresivos de los niños enfrentados a las máscaras de mármol desgastadas de emperadores y dioses de la antigüedad. Entonces me llegó un mensaje al móvil: "Iván Zulueta ha muerto". Me lo mandaba uno de mis hermanos mayores, el mismo que treinta años antes me había hecho sentir fatal por haberme salido de ver "Arrebato" en el Ideal. En ese momento pensé lo que muchos conmigo, que era una pena que Iván se fuera sin haber rodado otra película. Un pensamiento egoísta, claro. La pena era que Iván no siguiera entre nosotros, dibujando, viendo peliculas, lo que fuera. Cogí mi cámara de vídeo y grabé el sms de mi hermano en la pantalla del móvil. Iván empezó a convertirse en "Zulueta" cuando estuvo estudiando en Nueva York en los sesenta. Y yo me enteraba de su muerte en Nueva York a través de mi hermano, que me había descubierto a "Zulueta". Creo que a Iván le habría gustado ese plano final. Le gustaban las historias circulares.

Hace unos meses fui a San Sebastián por motivos de trabajo. Aproveché para dar un paseo y me propuse buscar la casa familiar de Iván, Villa Aloha. No había estado nunca ni tenía la dirección exacta. Sólo sabía, por las fotos y documentales que había visto, que debía estar cerca de la playa de Ondarreta y que tenía una fachada completamente cubierta de hiedra.

La encontré fácilmente después de subir unas cuantas cuestas y saqué un par de fotos con el móvil.




En la puerta de entrada descubrí un rótulo con el nombre de la casa, tapado por las ramas de un árbol. Presumo que lo pintaría Iván, porque se trata de una tipografía que se encuentra a menudo en sus carteles.



Leo en Wikipedia que "Aloha" significa, en el lenguaje de Hawaii, "afecto, amor, paz, compasión".

"In Hawaiʻi someone can be said to have or show aloha in the way they treat others; whether family, friend, neighbor or stranger."

En ese sentido, sin duda Iván tenía "aloha".

1 comentario:

  1. Muy conmovedora historia y lo cierto es que ha debido ser un privilegio haber compartido con él diversas experiencias tan de cerca. Ahora que ando revisando la obra de Zulueta e indagando más, me lleno de pena al comprobar la trayectoria profesional y personal que llevó en sus últimos años. Es una pena, primero, que haya desaparecido entre nosotros, y segundo, que a él se le quedara esa espina clavada de no poder haber realizado un nuevo largometraje.
    Me emociona muchísimo su personaje y sin duda, me parece un genio en toda regla.

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